sábado, 22 de septiembre de 2018

22.09.18.- LUIS CERNUDA, GENTRIFICACIÓN Y TURISFICACIÓN (Paracelso)




 QUE LA PIQUETA NO ARRASE.

Porque,
 cuando ya en el centro de Sevilla,
 no estén los vecinos de siempre,
solo quedarán las piedras,
 para enseñarlas a los que viene de afuera..

Nos amenaza el furor por dinero fácil. 
Peligra la casa natal de Luis Cernuda.
Peligra la Gavidia,
Peligran...
 los  espacios públicos,
si se ceden al azote hostelero.

Los vándalos economicistas,
no están  cuidando nuestra ciudad.
sino mimando sus bolsillos,
y la de aquellos a los que les deben pleitesía.

La memoria, la poesía y ahora...
hasta los árboles les molestan.

Yo quiero que con dar apenas unos pasos,
pueda oír el cante en "La Carbonería"
Pararme en la Gavidia.
 Toquetear y oler los libros de una biblioteca pública.
Y en apenas otros pocos pasos más,
por Sierpes, Cuna o Tetuán ,
 sin cita previa,
entrar en el patio del número 6 de  la calle Acetres,
a sabiendas que  al caer la tarde,
y sin miedo a recogerme de madrugada,,
podré escuchar,
en un rincón,,
 los poemas,
de antes y de ahora.

Quizá algunos inspirados,
en  los versos de Luis Cernuda.

Paracelso

















CASA NATAL DEL POETA LUIS CERNUDA EN LA CENTRICA CALLE ACETRES DE SEVILLA

PLACA  DE SEVILLA AGRADECIDA AL POETA

Recuerdo aquel rincón del patio en la casa natal, yo a solas y sentado en el primer peldaño de la escalera de mármol. La vela estaba echada, sumiendo el ambiente en una fresca penumbra, y sobre la lona, por donde se filtraba tamizada la luz del mediodía, una estrella destacaba sus seis puntas de paño rojo. Subían hasta los balcones abiertos, por el hueco del patio, las hojas anchas de las latanias, de un verde oscuro y brillante, y abajo, en torno de la fuente, agrupadas, las matas floridas de adelfas y azaleas. 
Sonaba el agua al caer con un ritmo igual, adormecedor, y allá en el fondo del agua unos peces escarlata nadaban con inquieto movimiento, centelleando sus escamas en un relámpago de oro. Disuelta en el ambiente había una languidez que lentamente iba invadiendo mi cuerpo. 
Allí, en el absoluto silencio estival, subrayado por el rumor del agua, los ojos abiertos a una clara penumbra que realzaba la vida misteriosa de las cosas, he visto cómo las horas quedaban inmóviles, suspensas en el aire, tal la nube que oculta un dios, puras y aéreas, sin pasar.






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